Cuando el otro dejó de importar

Haití
Aprendizajes de cómo actuó la cooperación internacional en el terremoto de Haití.

25 de abril de 2015 y el mundo dio vuelta la cara para mirar de frente a Nepal. Un remezón y el país asiático se convirtió en la nueva emergencia y, por ende, en el objetivo de agencias de cooperación internacionales y ONGs. Pero, antes de actuar, es necesario recapitular para aprender de experiencias pasadas…

Aunque ayudar puede ser el objetivo de muchos (mas no de todos), la cooperación se puede tergiversar fácilmente y puede convertirse en un daño para una nación más que en una verdadera ayuda. Eso fue precisamente lo que ocurrió en Haití tras el terremoto que vivió el país en enero de 2010.

Miles fueron las ONGs que llegaron al Caribe y lo hicieron con cientos de millones bajo el brazo. Construir casas de emergencia, entregar agua y comida, reconstruir escuelas, atender a los miles de heridos… muchas fueron las causas, así como los errores. Basta con salir de Puerto Príncipe para darse cuenta. Es el caso de las pequeñas casas de colores construidas en Onaville. El proyecto habitacional buscó dar un hogar a un grupo de damnificados, pero finalmente se transformó en un pueblo fantasma luego de que quienes estaban a cargo de la construcción se percataran que estaba en un lugar lejano, sin transporte, luz o agua potable. Esto, cuando las casas ya estaban levantadas y el dinero se había acabado.

¿Por qué no funcionó? El proyecto no contempló las distintas variables de la zona que afectarían la habitabilidad y mucho menos contó con integración, no hubo contemplación de los intereses y necesidades básicas de las personas afectadas que más tarde serían las supuestas beneficiadas. El proyecto fue pensado desde fuera y para afuera. Y esta dinámica se repitió en muchísimos casos de todo tipo haciendo que los intereses externos no se alinearan a los locales.

Finalmente, eso es lo que ocurrió. Muchas entidades de ayuda pusieron sus intereses por sobre los de la población y entregaron soluciones “parche” de corto plazo por sobre los cambios profundos. Y ejemplos como estos son los que hoy nos hacen ver cómo miles de personas en Canaán, la zona donde se refugió la mayor parte de los damnificados, aún viven entre carpas y latas entregadas por las ONGs; o como aprovechando el mal momento del país y sin ningún ánimo de reactivar la economía local, el arroz de Estados Unidos ingresó de manera despiadada a Haití relegando a un lado el arroz nacional que bien pudo comprarse para reactivar al mercado haitiano.

Fue una forma de trabajo que estuvo mal pensada desde sus inicios. En el libro “The truck that went by: How the World Came to Save Haiti and Left Behind a Disaster”, el periodista Jonathan Katz, quien al momento del terremoto vivía en Haití y trabajaba para la agencia de noticias AP, lo dice claramente: “La mayor parte del dinero prometido por los gobiernos extranjeros nunca se destinó para el consumo de Haití. […] Al final, al menos, el 93% [de $ 2430 millones] fue derecho a la ONU o las ONG para pagar los suministros y el personal. […] Sólo el uno por ciento – un poco más de $ 24 millones – fue al gobierno haitiano”.

Los millones y los proyectos que se perdieron por malas gestiones fueron incontables. Katz lo pone en cifras, “la Comisión Interina de Recuperación de Haití terminó su mandato teniendo aprobado $3,200,000,000 de dólares en proyectos – un tercio de ellos se quedaron sin fondos. Ni una comisión haitiana, ni ninguna otra cosa, los reemplazaron”.

En este contexto las partes, provenientes de culturas y realidades tan diferentes, no coincidieron. Faltaron instancias de diálogo, de participación, de inclusión de quienes eran los principales protagonistas. Fue en estas realidades paralelas que se perdieron las discusiones de qué era lo mejor para los damnificados y el gobierno haitiano, cuál era el mejor canal de ayuda o el área que más necesitaba apoyo. De haber existido, quizás las cosas hubieran marchado distinto y se habría podido asegurar una sostenibilidad que hoy se escapa de la isla al mismo tiempo que los esfuerzos extranjeros cada vez que regresan a sus países de origen. A los ojos críticos, el compromiso estuvo en la medida que se permitía hacer con metodologías nunca antes probadas en terreno, usando recursos del exterior y gente foránea que en muchos casos, no tenía conocimiento alguno de Haití.

Ahora, como organismos internacionales tenemos una nueva oportunidad de dar una mano a un país que realmente lo necesita. Resta pensar cómo hacer las cosas de la mejor manera para Nepal, para aprender, para dejar capacidades y, por ende, volver los proyectos de desarrollo algo sostenible, y no un proceso con fecha de vencimiento cuyo destino siempre estará manejado bajo manos extranjeras.

Fuente: El Diario.es